Martes, 27 Junio 2017 22:15

Lluvia de sobres

El matrimonio es parte de la ritualidad de la sociedad. Es un acto performático que afianza las creencias sobre el amor, la familia y los roles establecidos. Es una escena que tiene un guion en el cual cambios significativos -como las actrices y los actores que las interpretan- implican una transformación profunda que cuestiona y trasciende los límites de lo debido y la apertura a lo inesperado.

Este rito refuerza mandatos sobre la identidad y la expresión de género. Surgen así preguntas como: ¿qué imaginarios sobre la masculinidad y la feminidad se proyectan desde la celebración de este tipo de ceremonias? ¿Cómo se perpetúan los estereotipos y el deber ser a través de las prácticas estéticas? ¿Cómo una experiencia de vida particular se conecta con otra que parece contraria y lejana?

Esta lluvia de sobres muestra las vivencias del matrimonio entre personas raritas, en la que no sólo se reciben buenos deseos, dinero y regalos, sino también intensos cuestionamientos desde la otredad, aquella que desde la normalidad considera “antinatural” este suceso. Inclusive, las personas cercanas se preguntan por las razones para ser parte de ese lugar institucionalizado, cuadrado, restringido y patriarcal. Es entonces una lluvia -casi aguacero- de razones, pensamientos, sentimientos, controversias, posibilidades y limitaciones.

La exposición toma dos puntos de partida, temporalmente distantes. Primero, la pintura Boda Gay de la artista colombiana Maripaz Jaramillo, realizada en 1995, inspirada a su vez en una fotografía de 1992 de la pareja de artistas franceses Pierre y Gilles. Segundo, la sentencia SU 214/16 de la Corte Constitucional de Colombia la cual, 21 años después de la pintura, afirmó que: “celebrar un contrato civil de matrimonio entre parejas del mismo sexo es una manera legítima y válida de materializar los principios y valores constitucionales y una forma de asegurar el goce efectivo del derecho a la dignidad humana y a conformar una familia, sin importar cuál sea su orientación sexual o identidad de género”.

Lluvia de Sobres sucede en tres escalas: una nacional, que contextualiza el matrimonio a través de sus complejidades históricas en una línea de tiempo; una local que, en una cartografía social, refleja los imaginarios de las personas de Kennedy que trabajan en diversos servicios asociados al matrimonio; y una personal que, desde una mirada vital, celebra, cuestiona y narra el matrimonio desde las 16 intervenciones artísticas inéditas.

Museo Q invita a continuar con la conversación sobre este suceso social desde sus contradicciones, reivindicaciones, tensiones e incoherencias como una apuesta por amplificar las memorias raritas, que existen en la cotidianidad del barrio, de la familia, de la conversación, y que merecen visibilización en medio de la tradición normativa, religiosa y civil.

Agradecimientos

Museo Q agradece al programa ARTBO de la Cámara de Comercio por abrir sus espacios a la diferencia. De igual forma, agradecemos a Maripaz Jaramillo, a l*s artistas invitados, a las personas entrevistadas en Kennedy y a María Paula, Marcela y Laura, mujeres que apoyaron la producción de esta exposición. Finalmente, reconocemos el inmenso valor de las personas que, desde su activismo y cotidianidad, han batallado por los derechos de lesbianas, gays, bisexuales, transgerenistas y rarit*s en Colombia.

Artistas

Mario Alario, David Anaya, Stephanie Ascanio, Ricardo Avendaño, Andrea Barragán, Paola Calderón, Colectivo Desbordadoræs, Colectivo Macabra, Jordi Martínez, Sebastián Mesa, Juan Pablo Pacheco, Andrés Rodríguez, Daniel Salamanca Núñez, Julián Urrego, Yorely Valero, Sebastián Villamil.


 


 

Lluvia de Sobres

Una memoria en construcción sobre el matrimonio rarito en Colombia

Antes de comenzar a hablar del matrimonio, es importante responder a una pregunta que tal vez ya se hayan hecho, ¿por qué una lluvia de sobres? Por su capacidad simbólica de llevar nuestros imaginarios y significantes colectivos al contexto matrimonial, por su relación habitual como escenario de celebración y generosidad. Sin embargo, nuestra Lluvia de Sobres muestra la vivencia compleja del matrimonio entre rarit*s, en la que no sólo se reciben buenos deseos, dinero, regalos, sino profundos cuestionamientos desde la otredad, aquella que desde la normalidad y la moral considera anti-natural este suceso. Estos cuestionamientos también se producen desde l*s cercan*s, que se preguntan por qué entrar a hacer parte de un lugar cuadrado, restringido y profundamente patriarcal como el matrimonio. Es entonces una lluvia, casi aguacero, de razones, pensamientos, sentimientos, cuestionamientos, posibilidades y limitaciones.

Por lo anterior, Lluvia de Sobres busca ser un espacio para pensar sobre lo que ha implicado el matrimonio “igualitario” en Colombia, no sólo desde una mirada legalista, sino desde una vital, que se pregunta sobre este suceso social a partir de sus contradicciones, tensiones e incoherencias.

No se puede hablar de matrimonio igualitario1, sin reconocer que la legalidad es un lenguaje, tal vez no el más cercano, ni probablemente el más deseable, pero a pesar de ello, uno que existe, y que a través de él esta vivencia rarit* ha tenido mayor visibilización, al posibilitar el debate sobre el derecho a casarse o no casarse por elección y no por imposición.

Se podría observar que las “ganancias” que hemos obtenido rarit*s en el marco de la institucionalidad han ocurrido en la dirección contraria a la de las parejas heterosexuales, ya que estas lograron cuestionar el lugar del matrimonio –por su pasado y presente religioso, capitalista, normativo, romántico…- y construyeron parejas de hecho con los mismos derechos.

Esto nos lleva a preguntarnos entonces, ¿por qué buscar la normalización de las relaciones, que incluso personas heterosexuales progresistas han cuestionado? Y la respuesta es tristemente sencilla, o profundamente compleja. La búsqueda del matrimonio igualitario responde a la necesidad de reclamar un espacio en la sociedad donde haya algún tipo de reconocimiento de la existencia de nuestras relaciones amorosas. La heteronormatividad2, una institución enraizada en la sociedad y más fuerte que todas aquellas expresadas en el contrato del matrimonio, acepta y  reproduce el contrato “natural” hombre-mujer y le da acceso indiscriminado a las personas heterosexuales cisgénero sin necesidad de edificar contratos más extensos como mecanismo para acceder a derechos. Por el otro lado, l*s rarit*s quedamos siempre al borde de la no-existencia, al negarnos a habitar la heteronormatividad, este contrato con pretensiones naturalistas. 

En el marco de la “legalidad” del matrimonio, las decisiones de la Corte Constitucional han sido fundamentales, ya que han hecho algo frente al silencio y al miedo permanente del Congreso. Vale la pena destacar, antes de una breve reflexión sobre cada sentencia camino al matrimonio, que estas han sido respuestas a requerimientos impuestos por personas, en todos los casos tutelas, para exigir derechos, y para transformar vivencias materiales y cotidianas concretas.

En 2007 se promulgó la Sentencia C-075/07 que estableció la constitucionalidad de las parejas de hecho rarit*s, un primer paso hacia la “formalización” de las relaciones rarit*s, no con el fin mismo de la formalización, sino como medio para acceder a la pensión del/a compañer* permanente. A esta, siguió la sentencia C-577 de 2011, que reconoció el derecho fundamental de las parejas rarit*s a solemnizar y formalizar la “voluntad responsable de conformar una familia”. Esta sentencia llevó a la creación de “mecanismos alternos de formalización”, la denominada Unión Solemne, abiertamente excluyente de quienes nos alejamos de la norma heterosexual.

En medio de este desastre, un suceso legal-mediático visibilizó la mirada cisexual/cisgénero3 sobre el matrimonio, compartida por personas que habitan dicha correspondencia (aceptación del sexo/identidad de género otorgada al nacer), sean heterosexuales u homosexuales, y que deja a las personas trans en un lugar del no-deseo y del no-derecho. Debido a la decisión de la Corte de permitir el cambio de sexo en el registro civil sin necesidad de un proceso judicial que demostrara disforia de género, notarios/as insistieron que era requisito para el matrimonio civil que el registro de nacimiento no tuviera enmendaduras. Frente a dicha medida, una gran parte del movimiento rarito respondió destacando el absurdo de dicha medida: ¿acaso nos vamos a cambiar el sexo en el registro para casarnos? Esta respuesta evidenció un punto ciego4 compartido, pues ese tipo de argumentos siempre dejan fuera a alguien: a las personas trans o personas no-binarias que han construido su identidad de género y su auto-denominación del sexo fuera del privilegio cisexual, y que tal vez quisieran casarse.

Después de casi 10 años, la sentencia Sentencia SU214/16 estableció que, debido al silencio del Congreso, el Estado debía posibilitar el matrimonio civil para parejas raritas sin restricción alguna, junto a varias sentencias del mismo año que ampliaron el concepto de familia.

A partir de estas sentencias, el matrimonio, para muchas parejas rarit*s, se ha convertido en un asunto legal, en un contrato. Pero detrás de ese contrato hay una profunda esperanza -ilusoria y nociva como casi toda esperanza- de convertir el matrimonio en una posibilidad para vivir el amor elegido sin discriminación. Y bueno, aún está por verse qué tanto de esa esperanza tiene verdadera cabida en nuestras realidades, y cuánto de ella es la materialización de cambios profundos de la sociedad, en los que el acceso al matrimonio civil no es más que su constatación, no su origen.

En el marco de este contrato, la “conveniencia” ha sido uno de los argumentos más frecuentes, no en los ámbitos macro, sino en todas esas pequeñas reuniones rarit*s donde aparece la pregunta y ahora que puedes ¿te casarías? y la respuesta suele ser Sí, por conveniencia, es decir… por la plata, la nacionalidad, el cuidado, el acceso a salud, a pensión…

En medio de esta lluvia de sobres nos detuvimos a pensar sobre la conveniencia y entendimos que suele ser un acto útil pero muchas veces hipócrita. De pronto hay quienes se casan por conveniencia y pasan por encima de lo que creen, pero tal vez, el acto hipócrita sea más del Estado al nunca satisfacer nuestros derechos por no enfadar a quienes nos odian y nos excluyen, al intentar calmar nuestros reclamos con pañitos de agua tibia. Para nosotr*s rarit*os, las “conveniencias” que buscamos en el matrimonio apuntan hacia el acceso a derechos sin barreras homofóbicas y heteronormativas.

Entonces, ese gran debate sobre el matrimonio que se ha centrado en mostrar los impactos “positivos” y “nocivos” de la apertura a nuevas familias, nos ha hecho perder de vista la pregunta central sobre los derechos y sobre el poder que le damos al Estado para determinar nuestras vidas, nuestras decisiones e incluso nuestras construcciones identitarias. Muchas veces sin darnos cuenta, nos hemos sumado a la hipocresía de la sociedad, que justifica la exclusión de todo aquello que no hace parte de las normas, de todo aquello que está torcido, y por ende, tuerce todo lo que toca, como el matrimonio.

En este mismo sentido, se hace indispensable quitarle el apellido al matrimonio igualitario, porque al dejarlo se aceptan categorías diferenciales, que bajo la pretensión de “igualar”, marcan la zanja de la diferencia, de la anormalidad, aceptada con benevolencia por la norma -aquella de l*s normales-, y por el Estado que la representa.

Entonces ¿tod*s fueron felices y comieron perdices? Pues no realmente. El matrimonio no está cerca de ser la institución más deseada y deseable del mundo, se ha instaurado como una forma de control del otr*, a quien se somete a una relación rígida, unívoca e inmodificable. A esto se suma que es una de las maneras más efectivas de limitar las posibilidades de existencia y, por lo tanto, limitar la diversidad en las formas de vivir y de estar en el mundo. Es además la materialización de la exigencia que se hace a lo rarit* para que pueda ingresar a los dominios de la normalidad. Y aún peor, es una estructura que históricamente ha legitimado la violencia en el marco de la pareja como un asunto privado, uno que puede poner en riesgo “la imagen” de dicha familia, haciendo que se convierta en una vivencia silenciosa, dolorosa y solitaria.

El matrimonio tiene una herencia de significados y significantes que se han construido por siglos para que las relaciones de pareja sean una institución que se formaliza por medio de un contrato, donde no sólo se promete una vida compartida, sino en la que da acceso al otr* y al Estado para que vigile las conductas de l*s contrayentes. Estos significados y significantes se han construido desde un lenguaje lejano a las leyes, pero infaltable en la cotidianidad, en la estética. La estética del matrimonio está impregnada de las tradiciones, los deberes ser y las expectativas que la sociedad deposita en esta institución. Es un acto social que se materializa en un acto estético, en un acto performático, en el que cada objeto, dinámica y acción tiene un significado preconcebido. Y no es para nada una estética neutral, es una que determina los lugares que las personas deben ocupar en la sociedad de acuerdo a la división generizada de la vida.

Por ello, el matrimonio replica la idea de la pureza de las mujeres con el blanco de sus vestidos; la expectativa del éxito y la fuerza de los hombres con su traje; la promesa de la fidelidad con su alianza; la jerarquización de los afectos con sus mesas… Así, cuando este performance es habitado por personas con una identidad de género compartida, o al menos cercana, existen dos expectativas estéticas: ya sea que una de las personas asumirá una estética de género más masculina y la otra una más femenina para “salvaguardar” el equilibrio de la heteronormatividad propia del matrimonio; o en cambio, que ambas personas se vestirán de manera “correcta” de acuerdo a su identidad de género para celebrar la “normalidad” de su autoidentificación. Ambas posturas son una forma de salvaguardar parte de la “normalidad” que cobija a la institución del matrimonio.

En cuanto al amor, hay dos relatos que no podemos dejar de ver: uno evidencia que el amor, cubierto de las expectativas del romanticismo idealista, se ha convertido en sinónimo de control; otra evidencia que el amor es un acto de resistencia y autonomía, que encuentra en el matrimonio un escenario posible para generar lazos sociales, afectivos y rituales que cuestionan con su existencia las ideas de la normalidad. Entonces, también hay ratit*s que nos casamos “por amor”, y eso no significa que aceptemos necesariamente el molde del amor tradicional, sino que encontramos en el rito un escenario de enunciación, entre muchos, de nuestra existencia.

No olvidemos que también está la idea romántica del matrimonio: esa que termina en “hasta que la muerte l*s separe”; que implica la edificación de un montón de expectativas en torno a los cambios y “realidades”; que conlleva el acto jurídico del matrimonio como el conseguir a la media naranja, a la persona indicada; esa que asume la fidelidad incondicional porque “yo soy suficiente”; que implica siempre el inicio de la triada casa, carro y beca (para hij*s claro).

Sin embargo, al mismo tiempo, el amor, el que se construye y elige desde las autonomías se ha convertido en el impulsor de escenarios vitales en los que se pueda ser. Esto hace posible que el matrimonio se convierta en una experiencia en la que las personas raritas podemos enunciar nuestra existencia, nuestros acuerdos en el amor y nuestra decisión de transformar instituciones que han sido, históricamente, coptadas sólo por la forma “adecuada” de amar.

Cuando vemos el matrimonio desde nuestras vivencias rarit*s, desde nuestra miradas raritas que tienen un lugar de enunciación propio, reconocemos que el matrimonio siempre ha sido parte de la ritualidad de la sociedad, de la teatralidad, de aquello que Judith Butler llama actos performáticos. Ese concepto hacer referencia a aquellos actos que tienen un guion establecido, en los que cambios tan significativos como los actores y actrices que los interpretan implican una fisura en el perfomance, al no reproducir el guión preestablecido. El acto mismo de la apropiación de la norma por parte de sujet*s subaltern*s se convierte en un acto de resistencia, y ese acto nunca será lo mismo que cuando era solo habitado por l*s normales.

Todos estos cambios son menos visibles en los grandes discursos y discusiones jurídicas, y más en las vivencias cotidianas, en entornos sociales pequeños en los que la familia sale del closet porque confiesa que es hermano, prima, cuñado, amiga de una persona rarit*. Estos cambios aparecen también en aquellas conversaciones sobre el por qué casarse o en el gran show de la fiesta de ese matrimonio que era “como a ninguno al que había ido” porque los personajes no se ajustaban al guion tradicional.

Seguro que el matrimonio no es la solución a los asuntos estructurales que hacen de las vidas de rarit*s, vidas atravesadas por las discriminaciones, las desigualdades y las violencias. Sin embargo, llevar luchas como la del matrimonio, responde a la necesidad de poder habitar nuestras vidas, al entender que:

la crítica de las normas de género debe situarse en el contexto de las vidas tal y como se viven y debe guiarse por la cuestión de qué maximiza las posibilidades de una vida habitable, qué minimiza la posibilidad de una vida insoportable o, incluso, una muerte social o literal (Butler, 2004, p. 23).

Así, quienes encuentren en las ilusiones y conveniencias, incoherencias y riesgos del matrimonio una posibilidad para pensar una vida habitable, deben tener derecho a construirlo. Esto no debe convertir al matrimonio en la única forma de establecer relaciones rarit*s, pero ayuda a reconocer que queremos poder hacer, ser y estar en igualdad de condiciones, con la posibilidad de usar el lenguaje que queramos para construir las relaciones que imaginamos, bajo los acuerdos que deseamos.

Notas

1 Reconociendo la dificultad que implica este concepto ya que hay quienes lo nombran matrimonio entre parejas del mismo sexo, del mismo género, entre otras nominaciones, y por la perversidad del término igualitario como indicador de diferenciación.

2 La heteronormatividad es la norma social y cultural en la que se asume que “por naturaleza” toda persona, al ser humana, debe construir relaciones heterosexuales.

3 La noción cisexual/cisgénero se retoma para evidenciar que existe una etiqueta para l*s “normales” en relación al proceso a través del cual se construye la identidad de género. Evidenciando que la lógica de diferenciación tradicional de lo trans refuerza binomios, sin entender los procesos que se habitan.

4 El punto ciego, retomando la propuesta de Julia Serrano (2007), evidencia que hay vivencias de exclusión, que incluso desde lugares no-hegemónicos, somos incapaces de ignorar. Haciéndonos un llamado para reconocer que somos capaces de reproducir discursos que violentan, excluyen y reproducen los patrones de la “normalidad”, porque incluso quienes somos rarit*s tendemos a asumir nuestros privilegios sin cuestionarlos, salvaguardando las “normalidades” que habitamos.

Referencias

Butler, Judith (2004). Deshacer el género. Barcelona: Ediciones Paidós Ibérica, S.A.

Serrano, Julia (2007). Whipping Girl: A Transsexual Woman on Sexism and the Scapegoating of Femininity. Berkeley, CA : Seal Press.


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